sábado 18 de febrero de 2012

Castillo de Sarracín (Vega de Valcarce, León)

 El Castillo de Sarracín (Castrum Sarracenicum) está situado en lo alto de un montículo de la falda del Monte de la Vilela (Villaus), en el municipio berciano de Vega de Valcarce (León). Su situación estratégica era tan favorable para los defensores que aún se dice de este castillo que nunca llegó a ser conquistado y que los Valcarce lo defendían con tan sólo cinco estacas de roble (posible origen del escudo de Vega de Valcarce). Lo cierto es que su privilegiada situación sin duda hizo de él un enclave fundamental para el control de Galicia y la defensa de los peregrinos.

Castillo de Sarracín

 La estructura básica del actual castillo se construyó seguramente a finales del siglo IX sobre otro anterior que fue destruido hacia el año 714 por las tropas musulmanas de Muza (Musa ibn Nusair). Hacia el año 853 --durante el reinado de Ordoño I de Asturias--, el Conde Gatón del Bierzo (Don Gatón de Triacastela) comenzó a reconstruir el castillo, siendo muy probable que las obras las continuara su hijo Sarracino Gatónez (Conde del Bierzo y Astorga); de este hecho proviene seguramente el nombre definitivo de Sarracín.

 En el año 885, Sarracino Gatónez --Señor de Sarracín-- protagonizó en la zona una rebelión contra el rey Alfonso III el Magno, conjuntamente con Hermenegildo Pérez, hijo del conde Pedro Theón.

 Hacia el siglo XIII es muy probable que la orden del Temple se instalara en el castillo para proteger a los peregrinos y para asegurar el cobro del Portazgo desde el cercano Castillo de Autares (Castillo de Santa María de Autares o Castro de Veiga). Cuando se incautaron los bienes de los Templarios y estos desaparecieron de Sarracín, comenzó el declive del camino histórico de montaña hacia Santiago.

 Hacia el año 1313, el castillo pasó a manos de Don García Rodríguez de Valcarce (Adelantado Mayor del reino de Galicia). A finales del siglo XV figura como propietaria del castillo Doña Juana de Osorio (Condesa de Villafranca). Hacia el año 1480, siendo alcaide del castillo Don Vasco Fernández de Villagroy, el castillo fue atacado por los Irmandiños, quienes no lograron conquistarlo. En 1528, el castillo figura en posesión del conde Don Pedro Álvarez de Osorio (Comendador de la Orden de Calatrava).

sábado 4 de febrero de 2012

Castillo de Cornatel (Priaranza del Bierzo)

 El Castillo de Cornatel --o Castillo de Ulver, como también se le conoce-- está situado en el municipio leonés de Priaranza del Bierzo. Dicha fortaleza ocupa la cresta de un alto pico que en su tiempo debió de ser prácticamente inexpugnable. Es una construcción de una sola muralla recorrida por un paseo de ronda defensivo totalmente almenado y al que se accedía por medio de escaleras voladas de piedra de pizarra. El conjunto estaba protegido por dos torres-garitas rectangulares a los lados. Los lienzos Norte y Oeste se desarrollan adaptados a la situación topográfica mediante la construcción de un gran basamento de lajas de pizarra y cal --anterior a las construcciones defensivas del siglo XIV--, hasta encontrarse con la roca, donde se interrumpe para servirse de ella como elemento defensivo. Al Sur se levanta la gran cerca-muralla, de gran altura; en este lienzo se construyó la Torre del Homenaje, de planta cuadrada.

Castillo de Cornatel

 Es muy probable que la antigua construcción --posiblemente Ulver, de finales del siglo X ó principios del XI-- se asentara sobre un gran basamento de época romana o altomedieval. A mediados del siglo XI ostentó el cargo de tenente del castillo el conde castellano Munio Muñiz. En el año 1093, el rey castellano-leonés Alfonso VI otorga la tenencia del castillo a su amante, Jimena Muñiz.

 Los templarios toman posesión de la fortaleza en el siglo XIII, hasta que a principios del siglo XIV, después de la incautación de los bienes del Temple, el rey Alfonso XI dispone que Cornatel pase a manos de la familia de los Osorio (Alvar Núñez Osorio) y se convierte en uno de los principales baluartes de sus posesiones. Sin embargo, en el año 1340 pasó a ser propiedad de Pedro Fernández de Castro (Mayordomo Mayor del rey Alfonso XI).

Torre del Homenaje
Torre del Homenaje desde el exterior de la muralla Sur.

Torre del Homenaje
Vista de la Torre del Homenaje desde el interior del recinto.

Interior del recinto
Vista del interior del recinto del castillo.

Escalera volada
Escalera volada de la muralla Sur.

 En el año 1388, el rey Juan I de Castilla lo cede a Pedro Álvarez Osorio; al morir este, pasó a manos de su hijo, Rodrigo Álvarez Osorio. Ya en el siglo XV lo habita Pedro Álvarez Osorio (primer Conde de Lemos), responsable de la construcción del recinto amurallado y de buena parte de las dependencias del interior. En esta época, casi todo el castillo queda destruído durante las revueltas de los Irmandiños y el conde lo reconstruye y lo adapta definitivamente para uso residencial, pensando en retirarse para morir allí. La fortaleza sirve así como residencia hasta la construcción de la de Villafranca, a principios del siglo XVI. En tiempos del Marquesado de Villafranca (creado por los Reyes Católicos para Juana Osorio y Luis Pimentel) se continuaron las obras de mejora de Cornatel para uso residencial, el cual se prolongó hasta el siglo XVII.

Dependencias

 Una excavación arqueológica de la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León ha revelado que el castillo se levanta sobre una estructura anterior, un hecho que podría ponerse en relación con las fuentes que sitúan al legendario Castillo de Ulver en este lugar. Las actuaciones de la susodicha fundación también han permitido documentar una torre medieval --la Torre Norte-- cuya existencia se desconocía y que podría tratarse de la única que quedó en pie tras la segunda revuelta de los Irmandiños.

sábado 28 de enero de 2012

Castillo de Peñafiel (Valladolid)

 Peñafiel es un municipio vallisoletano perteneciente a la comarca de Campo de Peñafiel que dista unos 56 kilómetros de la ciudad de Valladolid. Su origen se remonta a épocas prehistóricas y en la cercana aldea de Padilla de Duero se pueden contemplar los restos de un poblado vacceo en el yacimiento arqueológico de Pintia. La zona estuvo ocupada por las tropas de Almanzor hasta que el conde Sancho García la reconquistó definitivamente en el año 1013 --cuando el sitio aún recibía el nombre de Peña Falcón-- y empezó a construir una fortificación, probablemente sobre los restos de otra de origen árabe.

Castillo de Peñafiel

 La villa de Peñafiel (Peña Falcón) empezó a adquirir cierta importancia en tiempos de la Reconquista, cuando el rey leonés Ramiro II encarga a Asur Fernández (de la familia de los Ansúrez) crear un núcleo urbano estable que se asentó a los pies del cerro donde estaba situada la antigua fortaleza, encuadrándose en el Condado de Monzón. Ya en pleno siglo X --de la mano de Ruy Laínez-- se convertiría en una plaza fuerte muy importante frente al avance del Islam, pasando a finales del citado siglo a depender del Condado de Castilla. El castillo resistió --con el futuro alcaide Álvar Fáñez a la cabeza-- las acometidas de los musulmanes.

 En tiempos del conde Sancho García el castillo y la villa de Peñafiel (Penna Fidele) fueron un importante enclave fronterizo cristiano, contando sus gentes con un fuero propio. Más tarde, el rey Fernando III el Santo crea el Señorío de Peñafiel y los caballeros de la villa llegaron a contar con la protección especial del rey Alfonso X el Sabio.

 En el año 1111, el rey aragonés Alfonso I el Batallador quedó cercado en el castillo por las tropas de su propia esposa, la reina de Castilla, Doña Urraca.

 En el año 1282, el príncipe Sancho (el que sería rey bajo el nombre de Sancho IV el Bravo) otorgó la villa de Peñafiel al infante Don Manuel de Castilla (hermano del rey Alfonso X). Muerto Don Manuel, heredó sus posesiones su hijo, el infante Don Juan Manuel (autor de "El Conde Lucanor"), quien empezaría a amurallar la villa y a restaurar el castillo hacia el año 1307.

 El rey Juan I de Castilla cede el castillo y la villa a su segundo hijo, Fernando de Antequera (Primer Duque de Peñafiel) y éste a su vez a su heredero, Don Juan de Aragón. El 20 de mayo de 1421 nació en el castillo Don Carlos de Trastámara (Príncipe de Viana); su padre, el infante Don Juan de Aragón (Segundo Duque de Peñafiel), mantuvo su hostilidad contra Juan II de Castilla y provocó que dicho rey mandase derribar la fortaleza.

 A partir del siglo XV --bajo el reinado de Enrique IV el Impotente-- Don Pedro Girón (Maestre de la Orden de Calatrava y Conde de Urueña) se hizo con el señorío de Peñafiel, título que la familia Girón ostentaría hasta el siglo XIX. Don Pedro obtuvo el permiso del rey para reconstruir la fortaleza, colocando los blasones de la familia en la Torre del Homenaje.

 Los herederos de Don Pedro Girón disfrutaron de los títulos de marqueses de Peñafiel y duques de Osuna, título este que fue instituido por el rey Felipe II.

 En 1836, los carlistas entran en la villa de Peñafiel para reclutar mozos para su guerra contra los partidarios de la reina Isabel II. En la actualidad, el castillo es propiedad de la Diputación Provincial de Valladolid y alberga en su interior --concretamente en el Patio Sur-- al Museo Provincial del Vino.

Primera Entrada Principal
Primera Entrada Principal del Castillo de Peñafiel (Valladolid).

Segunda Entrada Principal
Segunda Entrada Principal.

Torre del Homenaje
Torre del Homenaje desde la azotea del Museo del Vino.

 Ya desde el punto de vista arquitectónico, el imponente Castillo de Peñafiel se construyó con piedra caliza de Campaspero y siguiendo la técnica del gótico germánico. Mide unos 210 metros de longitud por 33 de anchura; la Torre del Homenaje alcanza los 30 metros de altura y es la única parte del castillo --aparte de la segunda puerta principal-- en la que los matacanes son funcionales. Para acceder a este imponente torreón hay que pasar por la primera y la segunda puerta principal --tras subir unas escaleras--, flanqueando después un puente levadizo situado sobre un pequeño foso. Pasada la puerta de la torre hay un pasadizo de doble recodo provisto de una tronera abierta desde el interior aprovechando el grosor del muro procurado por sus ángulos.

Patio Norte
El Patio Norte desde la azotea de la Torre del Homenaje.

Torre del Homenaje
Vista de la Torre del Homenaje desde el Patio Norte.

Patio Norte
Patio Norte del Castillo de Peñafiel.

Extremo Sur
Extremo Sur del Castillo de Peñafiel.

 Consta el castillo de dos recintos delimitados por sendas barreras y de dos patios interiores que flanquean la Torre del Homenaje: el Patio Norte --que albergaba los aljibes y los almacenes-- y el Patio Sur --que albergaba las caballerizas y las guarniciones--. Otras partes notables, ya desaparecidas o incompletas, incluyen lo que parece haber sido otra barrera exterior más, una pared transversal --provista de una pequeña puerta-- para cerrar el extremo noroeste del castillo y una torre-caballero en la mitad exterior de lo alto de la torre noroccidental, elemento cuya pasada existencia se aprecia por las señales de una base redonda en la azotea. Han desaparecido algunas almenas, canecillos y merlones, pero en líneas generales se puede decir que la construcción presenta un excelente estado de conservación.

Torre del Homenaje

NOTA: Dedico este artículo a Antonio --mi padre-- y a mi difunta madre, Carmen.

martes 20 de septiembre de 2011

La noble chana de Moldes

 El relato de esta historia quizá lo escuché hace tiempo en boca de un viejo lugareño, o lo he soñado, o lo he imaginado. Quizá sea el eco de algún escrito olvidado que el filtro de mi mente haya podido distorsionar o embellecer... ¿quién sabe y qué importa?

 Cuenta la leyenda que a principios del siglo XIX habitaba en la aldea berciana de Moldes un joven pastor de vacas llamado Silverio, de carácter noble y apacible. Parece ser que dicho joven había tenido bastante éxito entre las mozas del lugar, hasta que una de ellas conquistó su corazón: fue la celosa Arcadia, una mujer dominante y temperamental. Tras unos años de noviazgo se casaron y a partir de entonces Silverio tuvo que compaginar el cuidado de las vacas con el trabajo de las tierras de su mujer. Poco tiempo tardaría en darse cuenta el joven de que en realidad su mujer tan sólo le apreciaba como mano de obra.

 Una tarde de neblina, cuando se disponía a recoger las vacas, Silverio vio a un lado del camino la radiante figura de una joven que, sentada en una gran piedra, peinaba sus rubios cabellos con lo que parecía ser un peine de oro. Cuando se acercó más, la joven percibió su presencia y, tras mirarle fijamente a los ojos, corrió hasta desaparecer en la ladera rocosa. El joven vaquero no acertó a comprender por dónde desapareció la figura, puesto que en ese punto no existía ninguna cueva, tan sólo manaba de la misma roca un pequeño regato de agua.

 Silverio estaba comenzando a perder la razón; no podía olvidar la mirada cristalina de la extraña mujer, así que casi todos los días acudía al lugar del encuentro y la llamaba, pero ella nunca aparecía. Pronto el rumor de tal situación se extendió por el pueblo y los alrededores; sus paisanos le tacharon de loco y de adúltero. Su mujer montó en cólera, sobre todo porque sus tierras quedaron desatendidas.

 Una noche de San Juan, Silverio se sentó en la roca en la que vio a la enigmática muchacha por primera vez. Bajo la luz de la Luna pudo distinguir perfectamente cómo la bella mujer se materializaba entre el agua, lentamente, sin hacer ruido alguno. Sus miradas se cruzaron por un instante, lo suficiente para declararse su amor imposible. Él no paraba de hablarla, pero ella permanecía callada y tan sólo se limitó a entregarle un grueso collar de oro del que pendía un oscuro talismán de jade. Pero entonces apareció Arcadia dando voces y la muchacha desapareció por el regato. Silverio enmudeció; su celosa mujer le arrancó el collar del cuello y prometió levantar un inmenso muro de piedra para cerrar el paso a la chana.

 Durante los días siguientes, la codiciosa Arcadia estuvo usando el talismán para intentar romper los encantamientos de las cuevas de mouros cercanas para apoderarse de sus míticos tesoros, pero no tuvo ningún éxito. Lo que sí logró fue cumplir su reciente amenaza y levantar un muro de piedra tan grueso que fue capaz de frenar el curso del agua feérica. Satisfecha, se burló de la chana y también de su marido, a quien castigó todo lo que pudo. Mas un día apareció muerta en extrañas circunstancias, ahogada al parecer por el gran collar de oro. Nadie culpó de tal muerte al pobre Silverio, puesto que todos lo atribuyeron a una maldición sobrenatural inducida por las xanas o por los mouros.

 Pasado un tiempo, Silverio acudió de nuevo al lugar del encuentro; se dio cuenta de que entre las piedras el agua comenzaba a brotar de nuevo y decidió construir una casa en el mágico lugar en vez de derribar el muro. La chana parecía estar de acuerdo con la idea, ya que cubrió de riquezas al vaquero, quien pudo vender sus vacas y dedicarse por entero a la construcción de la casa, con la esperanza de poder disfrutar del amor de la chana algún día.

 El sueño de Silverio no se cumplió, puesto que murió de agotamiento sin poder finalizar las obras. Aún hoy en día hay quien asegura oír el desconsolado llanto de una mujer al pasar por delante de la casa; es la noble chana de Moldes, que lamenta por toda la eternidad haberse enamorado de un mortal y haberle causado la locura y la muerte. Las lágrimas forman un perpetuo regato que se acrecienta en las noches de luna llena.