sábado, 20 de junio de 2009

Fernando IV de Castilla, el rey emplazado

Los monarcas antiguos solían recibir un sobrenombre o apodo; es un añadido muy útil, puesto que hoy en día nos sirve para distinguirlos cuando usan nombres repetidos. Al rey de Castilla y León Fernando IV, que reinó desde 1295 hasta su muerte en 1312, se le denomina el Emplazado. Este enigmático sobrenombre se basa en una leyenda que en su tiempo fue muy popular en España y dio origen a romances y coplas de ciego, aunque actualmente sólo perdure en la memoria del pueblo jaenés de Martos, donde ocurrieron supuestamente los hechos en los que se fundamenta esta historia conformada tanto por hechos históricos como ficticios.
Estando el rey Fernando IV en Palencia se cometió un doble asesinato que conmovió a la corte de Castilla. Un caballero principal llamado Juan Alfonso de Benavides salía de noche de la posada real cuando fue asaltado por dos hombres embozados --probablemente asesinos a sueldo-- que le apuñalaron sin darle ocasión a defenderse y se dieron a la fuga. Todo ocurrió tan rápidamente que ninguno de los testigos del hecho pudo identificar a los asesinos; parecía que el crimen iba a quedar impune.
Tiempo después, el rey reanudó la guerra contra el reino de Granada; el principal objetivo de la campaña era conquistar la villa de Alcaudete. Las huestes castellanas acamparon en la vecina plaza fuerte de Martos antes de establecer el cerco. Fue allí donde la justicia castellana presentó ante el rey a los hermanos Pedro Alfonso de Carvajal y Juan Alfonso de Carvajal, acusados sin prueba alguna de ser los asesinos de Don Juan Alfonso de Benavides. El rey tenía prisa por tomar Alcaudete y aceptó como pruebas terminantes lo que en realidad eran meros indicios; condenó a muerte a los dos hermanos, acusándoles de traición y asesinato a sueldo del enemigo. No hizo caso de las reiteradas afirmaciones de inocencia de los reos y eligió para ellos una ejecución terrible y ejemplarizante: serían encerrados en sendas jaulas de hierro guarnecidas interiormente con clavos y cuchillas, para ser despeñados posteriormente desde el precipicio de la Peña de Martos.
Esta forma de ejecución tan extraña podría indicar que en realidad se tratara de dos plebeyos, ya que en la Ley II del Título XXVIII de la Partida II del Código de las Siete Partidas, el rey de Castilla y León Alfonso X el Sabio estableció la forma de ejecutar a los traidores en tiempos de guerra: "Al que se pase a los enemigos y venga después con ellos, luego que sea aprendido, se le cortará la cabeza siendo hidalgo y si no, se le dará la más extraña muerte [...]". Cuando los acusados supieron que el rey los condenaba a muerte en una forma tan vil, emplazaron solemnemente al monarca a comparecer ante la justicia de Dios para dar cuenta de aquel atropello pasados treinta días desde la ejecución de tan injusta sentencia.
Los hermanos Carvajal fueron despeñados desde el precipicio y el rey prosiguió su marcha hacia Alcaudete. Reforzó a las tropas que ya sitiaban la villa jaenesa y se hizo cargo de la dirección de las operaciones. Su sed de gloria le había hecho olvidar el suceso de Martos, pero a los pocos días enfermó gravemente y hubo de retirarse a Jaén; al pasar por Martos recordaría sin duda la frase de los Carvajal y se dejaría vencer por los más funestos presagios. El joven rey se fue recuperando paulatinamente y para cuando se cumplió el plazo establecido por los Carvajal el monarca ya se encontraba perfectamente. Ese mismo día comió, bebió y hasta se burló de los que habían temido por su vida; tras la celebración, se retiró a su aposento para echar la siesta. Cuando los criados fueron a despertarlo, lo encontraron muerto.